Europa,  mochilero

Conociendo Polonia de norte a sur

Un par de semanas por el país Báltico

Paso I. Gdansk y Malbork.

Éste relato tiene sus años. En concreto trece son los años que han pasado desde que me embarqué en mi primer viaje en solitario por un país europeo. No voy a tocar nada, lo que escribí en su día es lo que se va a reflejar aquí. Las fotos fueron tomadas con una cámara bridge con un sensor que dudaría que llegase a la pulgada. El enlace a la plataforma donde lo escribí es éste: Foro los viajeros. Polonia

Aquí comienza mi diario sobre el viaje a Polonia que he realizado en el mes de Agosto. Lo he ido confeccionando día tras día en momentos puntuales en trozos de papel que me iba encontrando por ahí. Está hecho sobre la marcha, apuntando cosas que me resultaban curiosas en el momento. Es posible que encontréis ciertas contradicciones, porque mi visión de las cosas iba cambiando como cambia el clima en Polonia, ahora hace sol, ahora llueve.

Polonia me parece un país increíble, lleno de contrastes, de un pasado muy marcado por unos hechos terribles, pero que no debe oscurecer su magnifica historia de años atrás.

También deseo que este diario sirva para próximos viajeros que vayan a visitar aquel país, con datos que antes de tomar el avión asustan y que te crean dudas. Espero pues que sirva como ayuda.

Mi viaje comienza un 9 de agosto desde Zaragoza, con parada en Barcelona para tomar el autobús al aeropuerto de Girona. Es un aeropuerto casi en su totalidad copado por Ryanair. Lo primero de todo, lo que nos hace temer por nuestra cartera es el hecho de subir las maletas al avión, si se excede de peso o de tamaño, si nos van a controlar los líquidos, etc.

Hay unas básculas que te ayudan a conocer todos estos detalles. A mi personalmente no me miraron ni el tamaño de la mochila, ni los kilos y no me abrieron nada para ver si llevaba o no líquidos, así que con cara de satisfacción tomo el avión rumbo a la preciosa Gdansk.

El aeropuerto de Gdansk es bastante pequeño, con un aire un tanto cutre. La ciudad me recibe con lluvia y aunque en un principio pensé tomar la línea 210 que te lleva al centro, el hecho de no llevar Zlotys sueltos y el agua que caía me decanto por tomar un taxi que al cambio no me cobra mucho. El albergue en el que me alojo es el happy Seven, cerca del Hotel Hilton de Gdansk, a 2 minutos de Rybackie Pobrzeze. Realmente no me alojé en ese albergue. No recordaba bien las fotos del hostal, y el taxista me llevó a una dirección que yo pensaba equivocada. Ante la duda, pregunté a la chica que regentaba el local si ese era el albergue, ya que no ponía cartel. Bueno, el tema es que una vez en España me he dado cuenta que no era ese, pero la chica dijo que sí, así que…dudarlo en esos momentos estaba fuera de lugar. ¿La primera en la frente?, bueno, si cuando vas al extranjero te tienen que hacer una, a dios gracias que solo fuera esa.

No hay bien que por mal no venga y allí conozco a Ray y a Juanlu, dos chicos que venían desde Berlín con la idea de visitar Kaliningrado. Me fui con ellos pues a tomar contacto con la ciudad, bajo la incesante lluvia nos topamos con unas carpas donde servían cerveza y daban de comer, el lugar perfecto, un oasis en una ciudad tan apagada por la tormenta que estaba cayendo. Cerveza de trigo de medio litro, Vigos, unas salchichas enormes y la compañía de un polaco que con la excusa de pedirme tabaco se juntó con nosotros en una agradable conversación sobre Polonia, su idioma y porque no, sobre sus mujeres. Nos echaron de la carpa por su cierre, así que bajo la lluvia seguimos buscando un lugar para seguir charlando y beber cerveza. Encontramos el pub que mas tarde, días después sería mi favorito en Gdansk y posiblemente en toda Polonia recorrida, Pub Duszek, ul. Świetego Ducha 119/121. Un pub ucraniano, ambientado de una manera muy Kitch, con un increíble surtido de cervezas y un violinista que todas las tardes tocaba versiones de los Beatles, un maravilloso lugar para descansar donde también dan de comer. Con una terraza de piedra dando a la calle donde se podía mirar y observar a la inmensa cantidad de gente que ha salido a curiosear por los cientos de puestos callejeros que en verano invaden Gdansk. Nos bebemos unas cantas cervezas rusas y ucranianas de medio litro y el cansancio nos lleva a la cama, nos despedimos de Piotr y espero ansioso el nuevo día que ya de una manera relajada me enseñará la ciudad.

Me despierto pronto y me voy a dar una vuelta por el muelle. La visión de las casas con colores varios me hace sentir bien. Gdansk es una ciudad preciosa, llena de colores, como digo, cargada de decoración con piedra gris y ladrillo rojo. Su calle Mariacka, llena de patios de piedra dando a la calle me parece excepcional. Dlugi Targ, Dluga, en definitiva, su camino real es precioso, me deja totalmente alucinado. Gdansk no es una ciudad especialmente grande, así que todo se concentra cerca de esos lugares, dejarte llevar por esos callejones llenos de vida es fantástico.

Nadie me supo explicar porque estaban esas carpas ahí, dando comida y bebida, el hecho es que disfruto sobremanera con el Golonka (codillo con guarnición) y con el szazslik (brocheta de carne con cebolla a la plancha y guarnición) por muy poco dinero. Nunca pagué mas de 40 zloty por un plato de esos y medio litro de cerveza, ni 10 euros y salía de allí sin muchas ganas de cenar. De vez en cuando volvía al Pub duszek para escribir este diario y sobre todo para disfrutar del violinista y de la cerveza AbBIBCbKE…tal cual.

Ese mismo día fui al Westerplatte, lugar donde comenzó la segunda guerra mundial. Un lugar de peregrinación para muchos polacos, donde puedes encontrar Bunkers, torres de vigilancia, memoriales por los caídos allí, edificios destrozados por las bombas y una escultura gigantesca en forma de tótem que simboliza los héroes del sitio. Para los fans de la segunda guerra mundial es casi obligatorio si se acercan por la ciudad. Es fácil llegar, muchos barcos, entre ellos réplicas de veleros piratas te llevan al lugar y te devuelven tal como te han llevado por un precio un poco mal alto que el plato de comida que esperaba comerme cuando acabó la excursión. Durante el viaje pasamos por los mastodonticos barcos que están atracados en los muelles y por los famosos astilleros de Gdansk. Imagino que conocéis su historia.

Antes de todo eso, por la mañana me despido de mis amigos de albergue, Juanlu y Ray, que se encaminan a Kaliningrado, con los avisos de Piotr de que tuvieran cuidado por esas tierras. Me gustaría saber como les fue la experiencia, aunque realmente lo doy por perdido ya que no nos dimos ninguna dirección o teléfono para volver a hablar entre nosotros, espero que les fuera todo genial.

Esa misma tarde hago una pequeña incursión en la estación de tren a ojear como puedo sacar los billetes para Malbork. En un principio me da cierto temor el hecho de que no me entiendan, pero al día siguiente, cuando debía ir a ver el castillo me di cuenta que tampoco es tan difícil cuando la señora de la ventanilla, una mujer de no menos de 50 años, me habla en inglés y me facilita no solo los billetes a Malbork si no los billetes para mi próximo viaje a Varsovia.

Me gustaría añadir que viajar solo por Polonia tiene un peligro y es el hecho de salir a tomar cervezas tú solo. Salir a echar unas cervezas es llenar tu cuerpo con 1 o 2 litros por el tamaño que tienen, así que es casi obligación decir que normalmente me iba algo cieguete a dormir, no sin antes pasear por el muelle disfrutando en ese estado del ambiente con el que te encontrabas, que no es poco.

Día pues para viajar a una nueva ciudad, Malbork. Está a una hora y media desde Gdansk, camino a Varsovia, el tren, no es que sea muy cómodo, pero los paisajes son preciosos. Cruzo el Wisla por un puente de hierro gigante que me encanta, que nunca se acaba y me topo de morros con una enorme construcción de ladrillo rojo. La estación está algo alejada del castillo, pero con un sentido de orientación normal enseguida lo encuentras, luego veréis que no fue tan fácil volver. La ciudad está llena de edificios del estilo socialista, todos iguales. Otro de los peligros en Polonia es no conocer su comida. Como digo, he tenido bastante suerte, pero por la mañana, esperando el tren he visto una pastelería con productos apetitosos. Elegí uno al tun-tun y al darle el primer bocado, con ansias, como el que va a morder la mejor tarta del mundo, me doy cuenta que es de remolacha, y yo odio la remolacha, o al menos metida en hojaldre…, risas…vaya por dios. Bueno, en Malrbork me pasa algo parecido. Al bajar del tren la sed era descomunal, ¡oh! Una máquina de refrescos…agua…primer trago como si fuera por el desierto…, ¡oh!, ¡Con gas! Y yo odio el agua con gas. Y es que decir agua sin gas en polaco es algo complicado, al menos decirlo de tirón sin equivocarte.

La visita al castillo no me defrauda, 35 Zl la entrada y mucho turista. Me topo con muy pocos españoles y disfruto como un enano de su magnifica construcción, de sus detalles, de su historia, aunque después de 2 horas de ver ladrillo rojo llega un momento que el hambre me gana y decido dejarlo por hoy, es demasiado grande para continuar con el estómago vacío y el calor que hace.

Sigo el camino de vuelta, el camino que yo pensaba era el acertado hasta la estación de trenes. Tenía como referencia unos edificios, pero todos me siguen pareciendo iguales. Doy por hecho que me he perdido, así que al primer chico joven con el que me topo le pregunto. Pone cara de extrañeza cuando le pregunto si voy bien y él me dice que voy en dirección totalmente equivocada o mejor dicho, vas bien si lo que quiero es volver a Gdansk andando. Darek (toma ya) que así se llama el buen chaval dice que me acompaña hasta la estación. Hablamos sobre España, su clima…cosas sin importancia, pero que hacen que el camino a la estación sea ameno y no resulte incomodo, porque había un buen trecho desde el punto en el que yo había perdido la pista y la estación de trenes. Cuando me despido y le digo que ha salvado mi vida me pregunta si tengo billete y si lo sabré sacar, yo dudo un poco y él hace todas las gestiones. De verdad Darek, estés donde estés, te ganaste el cielo, porque según me dijo, él no vivía ni remotamente cerca de donde estábamos. La vuelta a Gdansk es un horror, la hora, con el sol cayendo sobre nosotros , la lentitud del tren, en resumen que lo único que la salva es de nuevo ver aquellos maravillosos paisajes. Todo me parece que tiene un encanto especial, tan “usado”, es algo que realmente me apasiona.

Así pues, de nuevo en Gdansk, lo primero que me viene a la mente es volver a mi pub favorito, a beber mi cerveza rusa favorita. En cada esquina me enamoro, literalmente. La belleza de las mujeres polacas es espectacular, puede sonar mal decirlo, pero vas girándote cada pocos metros porque ves auténticos bellezones por la calle. Ayer terminé borracho y hoy me da la sensación que acabaré igual.

Por cierto, como nota anecdótica, me doy cuenta que los polacos no conocen los calcetines tobilleros.

La tarde antes de irme siento una tristeza enorme al tener que dejar la ciudad. La excitación de saber que mañana conoceré una ciudad como Varsovia, ver el concierto del grupo inglés The Cult y encontrarme con Sabina, mi amiga polaca, no pueden luchar contra la precoz melancolía que supone recordar estos 3 días en la joya del báltico. Así que intento exprimir a tope el poco tiempo que me queda y salgo al muelle con ganas de vivir esos instantes. Sentado en una banco de piedra escucho una música. Es un vagabundo con una guitarra cantando una y otra vez la misma canción. Me acerco, me pide un cigarro y me pregunta de donde soy. Al conocer mi nacionalidad, obviamente, hablamos de fútbol, mejor dicho, él habla de fútbol, aun mejor dicho todavía, balbucea alguna palabra en inglés intentando hablar de fútbol. Le doy un cigarro, charlamos como los dos mejor podemos y me dedica la misma canción y por el estribillo yo imagino que se llamaba “victoria”. Me siento en otro banco de piedra, al lado de dos señoras polacas y disfruto como un enano de sus extrañas artes sinfónicas. En poco tiempo se va acercando mas gente y entre todos creamos un ambiente de lo mas divertido.

Unas horas mas tarde y una cuantas cervezas mas, paseando por el muelle descubro a otros músicos. Estos, encima del barco pirata, van tocando versiones con sus guitarras acústicas y creedme, fue un momento mágico porque el lugar y el momento también lo eran. Tras unas cuantas canciones y muchos aplausos decido que ya es hora de ir a dormir, aunque si no hubiese sido por mi grado de borrachera me hubiese quedado mas tiempo disfrutando del momento.

Gdansk es una ciudad estupenda, se ve muy rápido y muy fácil, pero ese ambiente no lo he conseguido encontrar en ningún otro punto de Polonia que he visitado, sin duda, el lugar que mas me ha gustado de mi viaje por esas tierras.

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